Se fue dejando ese sabor amargo de los primeros amores rotos.
Siente como si el alma se le desgarrara y el corazón se le parara para luego empezar a latir con más fuerza, repartiendo ese veneno que mata quemando, quemando cada parte de su ser, repartiendo la ira por sus venas con esas lenguas de fuego que parecen no querer extinguirse nunca.
Y llora de pura impotencia e inocencia, inocencia robada una tarde de primavera a la luz de una farola bajo la lluvia de abril.
Un olor a angustia se percibe en el aire, un olor que se impregna y se cuela en cada recoveco haciendo que seas incapaz de olvidar. Y lo que ayer le parecía dulce, hoy le resulta amargo; y lo que ayer era sonido angelical, hoy le destroza los oídos. Ya no cree en los “te quiero” y es incapaz de confiar en nadie, ni siquiera en su propio reflejo.
Ha caído, se ha rendido, su corazón y su cuerpo ya no van al mismo compás, su mente está tan lejos que parece oír todo en eco.
Tic, tac, tic, tac, debe reaccionar pero no puede, las lágrimas ya corren libres, la soledad le acaricia la mano mientras se deja llevar por primera vez.
- El sendero es largo pero no te dejaré. - Le susurra - Esta es tu primera vez, habrá otras o quizás no; pero si las hay me volverás a ver.
Se deja acompañar, no puede evitarlo, espera que el camino se le haga más corto o quizás menos largo, espera superarlo y no volver a caer. Lo que no sabe es que volverá a caer, quizás una o dos veces más hasta decidir si es capaz de seguir adelante y dejarse amar y querer.