Erase una vez una niña pequeña que crecía como todos los niños, pasó su vida creciendo y aprendiendo, cayéndose y volviéndose a levantar. Pasó por el ratoncito Pérez, los Reyes Magos... todos los cuentos de hadas habidos y por haber.
La niña dejó de ser tan niña, empezó a saber que la vida no es fácil y creció aún más. Cuando se dio cuenta de lo mucho que había crecido miró hacia atrás, recordando el pasado y como quería crecer. Y ahora, sentada en su silla de siempre descubre que no quiere hacerse mayor y sufrir y pensar en mañana, en pasado y en el futuro. Que es mejor sentir y dejarse llevar que andar tirando siempre de un carro y llorar por las noches.
Harta de buscar el amor, de buscar trabajo, de tener que conformarse, de tener que escoger siempre, harta de todo, decidió sentarse y escribir un cuento de hadas, o quizás no tan de hadas. Porque erase una vez una niña que ya se convirtió en mujer.
La niña dejó de ser tan niña, empezó a saber que la vida no es fácil y creció aún más. Cuando se dio cuenta de lo mucho que había crecido miró hacia atrás, recordando el pasado y como quería crecer. Y ahora, sentada en su silla de siempre descubre que no quiere hacerse mayor y sufrir y pensar en mañana, en pasado y en el futuro. Que es mejor sentir y dejarse llevar que andar tirando siempre de un carro y llorar por las noches.
Harta de buscar el amor, de buscar trabajo, de tener que conformarse, de tener que escoger siempre, harta de todo, decidió sentarse y escribir un cuento de hadas, o quizás no tan de hadas. Porque erase una vez una niña que ya se convirtió en mujer.
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